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El recreo permanente: cuando acompañar a nuestros hijos también nos hace bien

hottjairo
21 ago
4 min de lectura

Actualizado: 28 ago

Hay padres que llevan años yendo a entrenamientos sin darse cuenta de algo curioso: mientras sus hijos juegan, ellos también han recuperado una parte del recreo.


Es sábado por la mañana.


En una cancha cualquiera, un grupo de niños corre detrás de una pelota. A unos metros, sus padres esperan.

Uno comenta el partido. Otro aparece con un café. Alguien cuenta lo que le ocurrió durante la semana. Otro lanza una talla. Se ríen. Hablan de fútbol durante cinco minutos y después de trabajo, de los hijos, de alguna noticia, de la vida.


Probablemente ninguno de ellos diría que fue hasta allí para encontrarse con sus amigos.


Fue a dejar a su hijo.


Pero algo ocurre mientras espera.

Durante una hora desaparecen, al menos parcialmente, los correos electrónicos, las reuniones, las cuentas, los problemas de la oficina y esa interminable lista de cosas que hacemos los adultos.

Y entonces sucede algo extraordinariamente simple:


conversamos.


Sin agenda.

Sin objetivos.

Sin una presentación de PowerPoint esperando al final.


Nos reímos.


Y por un momento volvemos a tener recreo.


El recreo que creíamos perdido

Quizás una de las grandes diferencias entre ser niño y convertirse en adulto es que un día desaparece el recreo.


Durante nuestra infancia estaba perfectamente institucionalizado.

Sonaba una campana y durante quince o veinte minutos podíamos hablar, correr, reírnos, inventar historias, discutir de cualquier cosa o simplemente perder el tiempo con nuestros amigos.


Después crecimos.

Y nadie volvió a tocar la campana.


El trabajo se organizó alrededor de reuniones, responsabilidades y productividad. La vida familiar agregó nuevas obligaciones. Incluso nuestro tiempo libre comenzó a llenarse de tareas.

Por eso resulta interesante observar lo que ocurre alrededor de las actividades de nuestros hijos.


En las graderías de un gimnasio.

A un costado de una cancha de fútbol.

Esperando que termine una clase de danza.

En un campeonato de voleibol.

En el estacionamiento de una academia de música.


Sin haberlo planificado, los adultos hemos construido pequeños recreos alrededor de la infancia de nuestros hijos.


Y nuestro cerebro parece agradecerlo

No se trata solamente de una sensación agradable.


La interacción social, el humor y particularmente la risa están relacionados con mecanismos fisiológicos asociados al bienestar y la regulación del estrés.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en PLOS ONE, por ejemplo, encontró que las intervenciones que provocaban risa espontánea se asociaban con disminuciones significativas del cortisol, una de las principales hormonas relacionadas con la respuesta al estrés.


Dicho de una manera mucho más sencilla:

reírse hace algo en nuestro cuerpo.


Cuando conversamos relajadamente, nos sentimos parte de un grupo y nos reímos con otras personas, no estamos necesariamente “perdiendo el tiempo”.


Podemos estar haciendo exactamente lo contrario.

Estamos descansando.

Estamos conectándonos.


Estamos regulando parte de la tensión que acumulamos durante la semana y que podría asentarse en nuestro cuerpo, acumulando estrés y en algunos casos desenlazándose trágicamente.


Quizás por eso una buena conversación después de un día difícil puede sentirse sorprendentemente reparadora.


Pero hay alguien que está mirando


O quizás no está mirando.


Y eso es todavía más interesante.


Mientras nosotros conversamos al borde de la cancha, nuestros hijos están entrenando.


Corren.

Escuchan al profesor.

Se equivocan.

Vuelven a intentarlo.

Celebran.

Se frustran.

Aprenden a compartir con otros.


Y de vez en cuando levantan la cabeza.


Ahí estamos.

No necesitamos gritar instrucciones desde la galería (aunque algunas fluyen naturalmente).

Ni comentar cada jugada.

Ni convertirnos en entrenadores improvisados.


A veces basta simplemente con estar.


La literatura sobre deporte infantil ha mostrado que la participación de los padres puede influir en la experiencia deportiva de niños y jóvenes, especialmente cuando se construyen relaciones de apoyo de buena calidad entre padres, entrenadores y deportistas.


Acompañar, entonces, no significa controlar.

Puede significar algo muchísimo más sencillo:


“Haz lo tuyo. Yo estoy cerca”.


Y probablemente esa sea una de las formas más bonitas de seguridad que podemos entregar durante la infancia.


Educar también ocurre fuera del aula


Durante mucho tiempo hemos cometido el error de pensar la educación casi exclusivamente desde lo académico.


Notas.

Pruebas.

Asistencia.

Resultados.

Contenidos.


Pero un niño también está aprendiendo cuando pierde un partido y tiene que volver a entrenar el martes.


Está aprendiendo cuando otro compañero juega mejor.

Cuando debe respetar un turno.

Cuando descubre que mejorar requiere tiempo.

Cuando gana sin humillar.

Cuando pierde sin derrumbarse.

Cuando pertenece a un equipo.

El desarrollo socioemocional no es el hermano menor del aprendizaje académico.


Es parte del aprendizaje.


La investigación sobre el recreo escolar resulta especialmente interesante en este punto. Revisiones de la evidencia han encontrado beneficios sociales, emocionales, conductuales y físicos asociados a estos espacios. Otros investigadores han propuesto incluso comprender el recreo desde el concepto de pertenencia: ese momento en que los niños pueden relacionarse libremente y construir conexiones con otros.

Tal vez deberíamos aplicar esa misma idea a los adultos.


Una pequeña comunidad alrededor de una cancha al acompañar a nuestros hijos


Porque con el tiempo ocurre otra cosa.


Ese padre cuyo nombre no conocíamos comienza a ser conocido.


Después conversamos.

Después compartimos un café.

Después viajamos juntos a un campeonato.


Y un día descubrimos que sabemos dónde trabaja, conocemos alguna historia de su familia y nos alegramos genuinamente cuando le ocurre algo bueno.


Se ha formado una comunidad.


Pequeña.

Informal.

Imperfecta.

Pero comunidad al fin.


Y quizás ahí exista una dimensión educativa que normalmente pasa inadvertida.

Nuestros hijos no solamente observan lo que les decimos.

También observan cómo nos relacionamos con otros adultos.


Ven cooperación.

Amistad.

Humor.

Respeto.

Solidaridad.


Y también ven algo que probablemente recordarán muchos años después:

que mientras ellos hacían algo importante para sus vidas, nosotros estábamos allí.


El recreo permanente


Niños de la UC Filial Temuco celebrando junto a sus padres
Padres disfrutando con sus hijos, disfrutando el campeonato

Quizás por eso deberíamos dejar de pensar que acompañar a nuestros hijos a sus actividades es simplemente “llevarlos y esperarlos”.


Puede ser mucho más.


Mientras ellos desarrollan habilidades físicas, cognitivas y socioemocionales, nosotros recuperamos algo que creíamos perdido.


Conversamos.

Nos reímos.

Construimos amistades.

Bajamos por un rato el ritmo de la vida adulta.

Y fortalecemos silenciosamente el vínculo con nuestros hijos.


Todo al mismo tiempo.


La próxima vez que estés parado al borde de una cancha, sentado en una gradería o esperando fuera de un taller, mira a tu alrededor.


Probablemente alguien contará una historia.

Alguien hará una broma.

Todos se reirán.

Y durante algunos minutos volverá a ocurrir aquello que ocurría cuando teníamos quince años.


Solo que esta vez no habrá campana que anuncie cuándo debemos regresar a clases.

Bienvenidos al recreo permanente.

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